“Sé la Luna (eso fue lo que una mujer le dijo a su hijo en su funeral)”. ¿Qué queda cuando los mapas fallan? Tal vez mirar desde la Luna. El artista Lucas Canavarro revisita la obra de Emilia Estrada y su exposición Dibujos de llegada, curada por Ana Clara Simões Lopes, donde la Luna aparece como refugio, archivo y punto de fuga desde el cual pensar la tierra, las fronteras y una guerra que nunca termina.
Es julio de 2023. Me estoy despidiendo de Jerusalén. Voy camino al aeropuerto de Tel Aviv mientras converso con Luai, taxista y compañero de viaje. Nacido en Palestina y portador de un documento que le permite tener un pasaporte israelí, me cuenta, a lo largo de nuestro trayecto de una hora, las historias de sus vueltas por el mundo. Destaca sus experiencias en Asia y África, pero lamenta su paso por Latinoamérica, cuando pasó dos meses en Guatemala. Lxs vecinxs de la casa que alquiló, cuenta, lo alertaban todo el tiempo sobre la violencia en las calles. Eso lo ponía nervioso. “Yo nací y crecí en la guerra, pero no sé cómo ustedes pueden vivir así”. A continuación, Luai me habla sobre la formación geológica de Palestina, comenzando por la época de Pangea. Empieza explicando que el Mediterráneo, el Mar de Galilea y el Mar Muerto son descendientes directos del Mar de Tetis, una formación del Mesozoico también conocida como el Mar de la Lengua, debido a su forma. Es entonces cuando nos detienen en un checkpoint israelí. Nos piden los pasaportes. Guardamos silencio.
Luai es dueño de una hauie el zarqa [الهوية الزرقاء], uno de los varios tipos de documentos que unx palestinx puede obtener bajo el dominio colonial de Israel. Al poseer este registro general, debe presentarlo como una especie de pasaporte, dentro de su propio país, para poder circular entre las fronteras que fragmentan su suelo —la única ciudad a la que no se le permite acceder es Gaza. Este documento de identidad es también el único entre los registros locales que permiten a unx palestinx obtener un pasaporte —israelí, en este caso. En ese pasaporte figura su nombre, pero no el de su país de origen. Es así como Luai puede viajar por el mundo. Después de algunas preguntas, nos devuelven nuestros documentos. Seguimos el viaje. La lengua de Luai se enmudece. Este viaje en taxi es una de las memorias que me atraviesan mientras escribo sobre la obra de Emilia Estrada.
En el centro de su primera exposición individual en Río de Janeiro, “Dibujos de llegada”, curada por Ana Clara Simões Lopes en el Sesc Ramos, un dibujo imagina la existencia de un pasaporte del Mandato Británico en Palestina, que pertenecía a su abuela, envuelto por siluetas de cráteres lunares. Ese documento fantasma nos recuerda que, de los millones de palestinxs en el mundo (una cifra imprecisa), la mitad se encuentra en territorio extranjero. Nieta de esa diáspora, la artista recorre su trayectoria en las artes visuales a través de un pensamiento abierto sobre nombres, papeles, mapas y territorios. Nacida en la ciudad argentina de Córdoba, Emilia es descendiente de palestinxs y reside en Rio de Janeiro desde 2014. Resuena ahora el colectivo musical palestino 47Soul, que canta en inglés: “I don't care where you're from [No me importa de dónde eres]”.
La transfrontericidad de Emilia pertenece a lugares marcados por conflictos de tierra, todos ellos emparentados en sus guerras, todos ellos nakbas [النكبة] continuas, ocurridas en diferentes líneas temporales de una misma colonialidad. No por casualidad, Donald Trump anuncia un acuerdo de paz en Gaza la misma semana en que bombardea barcos en el mar del Caribe. Palestina no es el mundo. El mundo sí es una Palestina con muchas Gazas, laboratorios generales de la vulgarización de la muerte. Y así, la artista expone nominaciones: de ciudades latinoamericanas llamadas Palestina; de fragmentos de tierra en la Luna con nombres de astrónomos árabes de Al-Ándalus; de las farsas de unión y fidelidad en la Praça Tiradentes en el centro de Rio —que, a pesar de su nombre, guarda en su centro una inmensa estatua de Dom Pedro I, cargado por indígenas de diferentes regiones de Brasil.
Es 25 de diciembre de 2024. Paso los días de Navidad en casa de Emilia, en Rio. En la mesa hay café y halawi [حلاوي] que ella misma trajo de Ramallah. En los últimos dieciocho meses, hemos estado en Palestina en distintos momentos —históricos, incluso, con un 7 de octubre en medio. Compartir nuestras experiencias con esa tierra es una fuerza extraña que nos une. En nuestra especie de cena fraterna de Navidad, contamos historias y tratamos de conectar algunos puntos de un tablero global de conflictos. Brasil sigue enredado con el monstruoso Proyecto de Ley del Marco Temporal, que insiste en regresar con distintos rostros cínicos. Su clara inspiración es la Nakba palestina. En su obra Carta al viejo mundo, Jaider Esbell escribe en una de sus pinturas: “Hay genocidio en los bosques de la Amazonia”. ¿El (viejo) mundo no lo sabe? Pero, ¿acaso el mundo no es una Palestina? El mundo ve el genocidio en Gaza, ¿y? En Salvador, en Bahía —donde vivo—, hay una periferia llamada Palestina. Desde ahí, Timbalada canta que “Jesús, desde niño, es palestino”, lo que bien puede significar que Jesús es bahiano. En esta fecha emblemática, Emilia observa la Luna con una lupa. Tal vez esté buscando a su abuela.
Mientras que las luces de ese diciembre se apagaban, había estado trabajando en la instalación Louvor à Sombra [Alabanza a la sombra], presente en la exposición “Forma das Aguas [La forma del agua]”, en el Museu de Arte Moderna de Rio, con curaduría de Pablo Lafuente y Raquel Barreto. La superficie lunar parece haberse convertido en una especie de refugio desde el cual la artista puede volver a contemplar el azul. Un desplazamiento hecho de carbón y hojas de oro, para poner algunos conceptos coloniales sobre la mesa del café, ponerlos en diálogo, exponerlos. ¿Qué es un territorio ante la fuerza de una tierra? ¿Existen territorios en la Luna? ¿O acaso la propia Luna es un territorio? En tal caso, ¿sería la Luna un lunatorio? Emilia observa desde el cielo. El poeta palestino Mahmud Darwish escribe: “En el sueño de la mujer amada, sé la Luna (así le dijo una mujer a su hijo en su funeral)”. Esa noche sueño con mi abuela.
Esa misma Luna manifiesta su profunda influencia en Dibujos de llegada. En la obra Rumores áridos en rumbos húmedos, Emilia parece realizar un contraplano de la Luna y contempla la superficie del océano retratada en los archivos de la navegación colonial europea. Las mareas se transforman en un trazo cartográfico, hecho con una especie de telescopio instalado sobre la superficie lunar. La artista convierte su mirada en una oración sobre la influencia de las aguas en una realidad en proceso de transformación. Este mapa de una marea se superpone con el de la Ciudad de los Césares, una ciudad mítica en la Patagonia que nunca pudo ser invadida por los conquistadores gracias a la resistencia de sus dueños originarios. Al igual que el Eldorado amazónico, la imposibilidad de cartografiarla —por encontrarse en otra dimensión— la convierte precisamente en un punto de interés para Emilia. Ese juego de opacidades y transparencias retorna en la serie Observação à sombra alta [Observación a la sombra alta], en la que la artista destaca cráteres lunares cuyos nombres árabes fueron otorgados por científicxs occidentales. Los nombres parecen querer dar un rostro, una personalidad, a esos fragmentos de tierra. Si ellos tuvieran un pasaporte, llevarían allí impreso su nombre, pero no su lugar de origen. Los pasaportes dicen muy poco sobre quiénes son realmente sus dueñxs.
En su ensayo “La destrucción de Palestina es la destrucción del planeta”, Andreas Malm relata las estrategias del imperio británico en la década de 1840 para construir la idea de que Palestina era “una tierra sin pueblo”, “un país fértil, del cual nueve décimas partes yacen desoladas”. Son relatos extraídos de documentos diplomáticos de la época, que revelan el largo y lento proceso de hipnosis que funda al sionismo en la región, culminando en la Nakba, más de cien años después. Cuando fui a Palestina encontré una tierra en verdad muy fértil, abundante, rica. Con investigación de vanguardia, personas LGBTQIA+, mujeres en posiciones de liderazgo. Con numerosxs artistas, universidades, pensadorxs, centros culturales, hacedorxs de cultura. No por casualidad, una tierra sagrada habitada también por muchxs invisibles, reconocidxs y escuchadxs por diversas culturas que también participan en la llamada guerra santa. Lo que sucede a partir de 1840, sin embargo, es una guerra motivada por la búsqueda de petróleo —que de santa no tiene nada.
Para dominar Palestina, lxs británicxs probaron su, hasta entonces, inédita flota de barcos a vapor en la ciudad de Acre, culminando en un bombardeo sin precedentes ni posibilidad de respuesta, que redujo el lugar a cenizas. La estrategia, desde entonces, consistiría en crear colonias y dividir la tierra en territorios. Todo ello en un gran territorio con forma de cuchillo, donde yace un mar llamado Muerto. Los libros de historia son quemados, y queda a lxs poetas la tarea de narrarla. El genocidio continuado en Gaza, a partir del 7 de octubre, comienza apuntando a las universidades y escuelas. A comienzos del siglo XX, en el estado de Acre, en Brasil, un genocidio secular siguió su curso monstruoso —esta vez con el ciclo del caucho, una demanda surgida junto con la industria automovilística. Los pueblos Pano de la región vieron secuestradas sus lenguas y sus cantos, pero los recuperaron décadas más tarde, con la tecnología de memoria de la ayahuasca. También en la región amazónica, a algunos miles de kilómetros de ahí, en el estado de Pará, Emilia nos recuerda que existe una ciudad llamada Palestina. La repetición de los nombres no nos confunde.
Existe una red global de fuerzas que se organiza para estudiar al enemigo, el origen de sus herramientas y armas, para compartir saberes. En Brasil, en el sur de Bahía, la Teia dos Povos, movimiento social compuesto por quilombolas, pueblos indígenas, representantes de movimientos populares y del Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra [Movimiento de los Trabajadores rurales sin Tierra], el MST, organiza su práctica en torno a enseñanzas provenientes del pensamiento zapatista. En los últimos meses, una flotilla internacional cruzó el Mediterráneo rumbo a la ciudad de Gaza, siendo impedida de desembarcar por el ejército de Israel.
Otra flotilla, esta vez abyayalista, llevó representantes de sesenta comunidades indígenas y desembarcó en la COP30 de una Belém que no se encuentra en Palestina, sino en Pará, mientras Brasil anuncia el inicio de la exploración de petróleo en la desembocadura del río Amazonas. En medio de todo eso, la Luna observa todo e influye en las mareas. Desde la Favela da Maré, en Río de Janeiro, la periodista Gizele Martins, que vive en una calle conocida como Faixa de Gaza, describe los puntos que conectan la guerra en su comunidad con el Estado sionista de Israel: “(...) luchar por la vida palestina es luchar por la vida negra y favelada en Brasil, pues las vidas de allá y de aquí se pierden por el uso de las mismas tecnologías de muerte producidas por las mismas empresas”.
Es 28 de octubre de 2025. El gobierno del estado de Río de Janeiro realiza una operación policial en los complejos de Penha y Alemão, no muy lejos del Sesc Ramos, donde se encuentra en exhibición “Dibujos de Llegada”. En la acción se utilizan vehículos blindados y armamento israelí —Brasil se ha convertido, en los últimos quince años, en uno de los cinco mayores importadores de tecnología militar producida en Israel. Este evento culmina como la mayor masacre policial de la historia de Brasil, con 121 personas asesinadas. Una gigantesca matanza en medio del histórico genocidio continuado del pueblo negro y favelado. Estoy en México. Es el día de San Judas Tadeo, y la iglesia de San Hipólito está repleta de fieles.
Me cuentan que muchas madres, cuyxs hijxs están en el narcotráfico, son devotas de San Judas por sus grandes poderes ante las causas imposibles. Al final de la semana será el Día de lxs Muertxs, y la Ciudad de México desborda de altares y calaveras. Uno de lxs muertxs de esta misma semana es Lô Borges, compositor de Minas Gerais, que escribió: “si muero, no llores, no, es sólo la Luna”. Emilia me escribe diciendo que hemos recibido luz verde para escribir este texto. Entendemos, como en la visión de Francy Baniwa e Idjahure Terena, que el arte es un medio para la continuación de la guerra. Y sabemos que la guerra es permanente —así nos lo recuerda el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Otra memoria de mi viaje a Palestina me visita ahora. Estoy en la galería del segundo piso del Walled-Off Hotel, en Belén, en Cisjordania, frente al laberíntico muro del Apartheid sionista que divide la región. Estoy aquí junto a un grupo de compañerxs, iniciando las investigaciones para la creación de una residencia artística con artistas palestinxs y Huni Kuin, del Acre brasileño. Entre las obras que conozco se encuentra Our Reality, de la pintora palestina Orjwan Nazzal. En ella observamos un mapamundi de tierra negra, superpuesto a un fondo verde bandera liso. En el centro del mapa hay una lupa que amplía el territorio de Palestina. Ese territorio tiene un ojo, que nos mira de vuelta. Imagino ahora que lo mismo deben hacer los cráteres de la Luna, al observar nuestras guerras deshonrosas.
Me encuentro con muchas banderas palestinas en la Ciudad de México: en las calles, en las universidades, en los talleres mecánicos. En la marcha del 2 de octubre, las banderas palestinas son tan o más numerosas que las mexicanas. En Oaxaca, me cruzo con un jaguar morado gigante con las palabras “Oaxaca con Palestina” pintadas en el vientre. Hay un reconocimiento profundo que sólo los pueblos que han visto robadas sus tierras pueden compartir. En la UNAM, el cineasta e investigador Masewal Jesús Flores pregunta: “¿Hasta cuándo seguiremos llamando disputa por territorio a lo que es, en verdad, una lucha por la tierra?”
Ana Clara Simões Lopes me cuenta, en una reunión para escribir este texto, que la Luna no es un espejo. Su influencia trasciende la mera reflexión de la luz del sol. Eso me ayuda a pensar el trabajo de Emilia como una pieza en la construcción de un mundo sin fronteras. Caminamos en la oscuridad porque no alcanzamos a ver las líneas de los mapas, salvo aquellas que nos separan de los océanos. En su texto para la exposición, la curadora escribe que, para la artista, el verbo llegar “se convierte, así, en su rechazo a la lógica de origen y de propiedad”, en dibujos que “no solo desvanecen fronteras, sino que ensayan presencias”. De este modo, la mirada de Emilia se abre también hacia el cielo: una presencia que observa, desde lo alto, un planeta sin líneas trazadas dentro de sus porciones de tierra. Una mirada que confía en las aguas.
Los científicos están desesperados buscando agua en la Luna, que es un desierto como los de Asia Occidental, región que los británicos nombraron Medio Oriente. Quizá sólo con agua la Luna podría ser un espejo. Sin embargo, ¿tendríamos deseo de ver aquello que ella reflejaría? “Escóndeme, la Luna ha llegado / Si al menos nuestro espejo fuera de piedra”, escribe Mahmoud Darwish. Un espejo de piedra sólo refleja lo invisible. El pasaporte de la abuela de Emilia dice muy poco sobre ella.

Es julio de 2023. Me estoy despidiendo de Jerusalén. Voy camino al aeropuerto de Tel Aviv mientras converso con Luai, taxista y compañero de viaje. Nacido en Palestina y portador de un documento que le permite tener un pasaporte israelí, me cuenta, a lo largo de nuestro trayecto de una hora, las historias de sus vueltas por el mundo. Destaca sus experiencias en Asia y África, pero lamenta su paso por Latinoamérica, cuando pasó dos meses en Guatemala. Lxs vecinxs de la casa que alquiló, cuenta, lo alertaban todo el tiempo sobre la violencia en las calles. Eso lo ponía nervioso. “Yo nací y crecí en la guerra, pero no sé cómo ustedes pueden vivir así”. A continuación, Luai me habla sobre la formación geológica de Palestina, comenzando por la época de Pangea. Empieza explicando que el Mediterráneo, el Mar de Galilea y el Mar Muerto son descendientes directos del Mar de Tetis, una formación del Mesozoico también conocida como el Mar de la Lengua, debido a su forma. Es entonces cuando nos detienen en un checkpoint israelí. Nos piden los pasaportes. Guardamos silencio.
Luai es dueño de una hauie el zarqa [الهوية الزرقاء], uno de los varios tipos de documentos que unx palestinx puede obtener bajo el dominio colonial de Israel. Al poseer este registro general, debe presentarlo como una especie de pasaporte, dentro de su propio país, para poder circular entre las fronteras que fragmentan su suelo —la única ciudad a la que no se le permite acceder es Gaza. Este documento de identidad es también el único entre los registros locales que permiten a unx palestinx obtener un pasaporte —israelí, en este caso. En ese pasaporte figura su nombre, pero no el de su país de origen. Es así como Luai puede viajar por el mundo. Después de algunas preguntas, nos devuelven nuestros documentos. Seguimos el viaje. La lengua de Luai se enmudece. Este viaje en taxi es una de las memorias que me atraviesan mientras escribo sobre la obra de Emilia Estrada.
En el centro de su primera exposición individual en Río de Janeiro, “Dibujos de llegada”, curada por Ana Clara Simões Lopes en el Sesc Ramos, un dibujo imagina la existencia de un pasaporte del Mandato Británico en Palestina, que pertenecía a su abuela, envuelto por siluetas de cráteres lunares. Ese documento fantasma nos recuerda que, de los millones de palestinxs en el mundo (una cifra imprecisa), la mitad se encuentra en territorio extranjero. Nieta de esa diáspora, la artista recorre su trayectoria en las artes visuales a través de un pensamiento abierto sobre nombres, papeles, mapas y territorios. Nacida en la ciudad argentina de Córdoba, Emilia es descendiente de palestinxs y reside en Rio de Janeiro desde 2014. Resuena ahora el colectivo musical palestino 47Soul, que canta en inglés: “I don't care where you're from [No me importa de dónde eres]”.
La transfrontericidad de Emilia pertenece a lugares marcados por conflictos de tierra, todos ellos emparentados en sus guerras, todos ellos nakbas [النكبة] continuas, ocurridas en diferentes líneas temporales de una misma colonialidad. No por casualidad, Donald Trump anuncia un acuerdo de paz en Gaza la misma semana en que bombardea barcos en el mar del Caribe. Palestina no es el mundo. El mundo sí es una Palestina con muchas Gazas, laboratorios generales de la vulgarización de la muerte. Y así, la artista expone nominaciones: de ciudades latinoamericanas llamadas Palestina; de fragmentos de tierra en la Luna con nombres de astrónomos árabes de Al-Ándalus; de las farsas de unión y fidelidad en la Praça Tiradentes en el centro de Rio —que, a pesar de su nombre, guarda en su centro una inmensa estatua de Dom Pedro I, cargado por indígenas de diferentes regiones de Brasil.
Es 25 de diciembre de 2024. Paso los días de Navidad en casa de Emilia, en Rio. En la mesa hay café y halawi [حلاوي] que ella misma trajo de Ramallah. En los últimos dieciocho meses, hemos estado en Palestina en distintos momentos —históricos, incluso, con un 7 de octubre en medio. Compartir nuestras experiencias con esa tierra es una fuerza extraña que nos une. En nuestra especie de cena fraterna de Navidad, contamos historias y tratamos de conectar algunos puntos de un tablero global de conflictos. Brasil sigue enredado con el monstruoso Proyecto de Ley del Marco Temporal, que insiste en regresar con distintos rostros cínicos. Su clara inspiración es la Nakba palestina. En su obra Carta al viejo mundo, Jaider Esbell escribe en una de sus pinturas: “Hay genocidio en los bosques de la Amazonia”. ¿El (viejo) mundo no lo sabe? Pero, ¿acaso el mundo no es una Palestina? El mundo ve el genocidio en Gaza, ¿y? En Salvador, en Bahía —donde vivo—, hay una periferia llamada Palestina. Desde ahí, Timbalada canta que “Jesús, desde niño, es palestino”, lo que bien puede significar que Jesús es bahiano. En esta fecha emblemática, Emilia observa la Luna con una lupa. Tal vez esté buscando a su abuela.
Mientras que las luces de ese diciembre se apagaban, había estado trabajando en la instalación Louvor à Sombra [Alabanza a la sombra], presente en la exposición “Forma das Aguas [La forma del agua]”, en el Museu de Arte Moderna de Rio, con curaduría de Pablo Lafuente y Raquel Barreto. La superficie lunar parece haberse convertido en una especie de refugio desde el cual la artista puede volver a contemplar el azul. Un desplazamiento hecho de carbón y hojas de oro, para poner algunos conceptos coloniales sobre la mesa del café, ponerlos en diálogo, exponerlos. ¿Qué es un territorio ante la fuerza de una tierra? ¿Existen territorios en la Luna? ¿O acaso la propia Luna es un territorio? En tal caso, ¿sería la Luna un lunatorio? Emilia observa desde el cielo. El poeta palestino Mahmud Darwish escribe: “En el sueño de la mujer amada, sé la Luna (así le dijo una mujer a su hijo en su funeral)”. Esa noche sueño con mi abuela.
Esa misma Luna manifiesta su profunda influencia en Dibujos de llegada. En la obra Rumores áridos en rumbos húmedos, Emilia parece realizar un contraplano de la Luna y contempla la superficie del océano retratada en los archivos de la navegación colonial europea. Las mareas se transforman en un trazo cartográfico, hecho con una especie de telescopio instalado sobre la superficie lunar. La artista convierte su mirada en una oración sobre la influencia de las aguas en una realidad en proceso de transformación. Este mapa de una marea se superpone con el de la Ciudad de los Césares, una ciudad mítica en la Patagonia que nunca pudo ser invadida por los conquistadores gracias a la resistencia de sus dueños originarios. Al igual que el Eldorado amazónico, la imposibilidad de cartografiarla —por encontrarse en otra dimensión— la convierte precisamente en un punto de interés para Emilia. Ese juego de opacidades y transparencias retorna en la serie Observação à sombra alta [Observación a la sombra alta], en la que la artista destaca cráteres lunares cuyos nombres árabes fueron otorgados por científicxs occidentales. Los nombres parecen querer dar un rostro, una personalidad, a esos fragmentos de tierra. Si ellos tuvieran un pasaporte, llevarían allí impreso su nombre, pero no su lugar de origen. Los pasaportes dicen muy poco sobre quiénes son realmente sus dueñxs.
En su ensayo “La destrucción de Palestina es la destrucción del planeta”, Andreas Malm relata las estrategias del imperio británico en la década de 1840 para construir la idea de que Palestina era “una tierra sin pueblo”, “un país fértil, del cual nueve décimas partes yacen desoladas”. Son relatos extraídos de documentos diplomáticos de la época, que revelan el largo y lento proceso de hipnosis que funda al sionismo en la región, culminando en la Nakba, más de cien años después. Cuando fui a Palestina encontré una tierra en verdad muy fértil, abundante, rica. Con investigación de vanguardia, personas LGBTQIA+, mujeres en posiciones de liderazgo. Con numerosxs artistas, universidades, pensadorxs, centros culturales, hacedorxs de cultura. No por casualidad, una tierra sagrada habitada también por muchxs invisibles, reconocidxs y escuchadxs por diversas culturas que también participan en la llamada guerra santa. Lo que sucede a partir de 1840, sin embargo, es una guerra motivada por la búsqueda de petróleo —que de santa no tiene nada.
Para dominar Palestina, lxs británicxs probaron su, hasta entonces, inédita flota de barcos a vapor en la ciudad de Acre, culminando en un bombardeo sin precedentes ni posibilidad de respuesta, que redujo el lugar a cenizas. La estrategia, desde entonces, consistiría en crear colonias y dividir la tierra en territorios. Todo ello en un gran territorio con forma de cuchillo, donde yace un mar llamado Muerto. Los libros de historia son quemados, y queda a lxs poetas la tarea de narrarla. El genocidio continuado en Gaza, a partir del 7 de octubre, comienza apuntando a las universidades y escuelas. A comienzos del siglo XX, en el estado de Acre, en Brasil, un genocidio secular siguió su curso monstruoso —esta vez con el ciclo del caucho, una demanda surgida junto con la industria automovilística. Los pueblos Pano de la región vieron secuestradas sus lenguas y sus cantos, pero los recuperaron décadas más tarde, con la tecnología de memoria de la ayahuasca. También en la región amazónica, a algunos miles de kilómetros de ahí, en el estado de Pará, Emilia nos recuerda que existe una ciudad llamada Palestina. La repetición de los nombres no nos confunde.
Existe una red global de fuerzas que se organiza para estudiar al enemigo, el origen de sus herramientas y armas, para compartir saberes. En Brasil, en el sur de Bahía, la Teia dos Povos, movimiento social compuesto por quilombolas, pueblos indígenas, representantes de movimientos populares y del Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra [Movimiento de los Trabajadores rurales sin Tierra], el MST, organiza su práctica en torno a enseñanzas provenientes del pensamiento zapatista. En los últimos meses, una flotilla internacional cruzó el Mediterráneo rumbo a la ciudad de Gaza, siendo impedida de desembarcar por el ejército de Israel.
Otra flotilla, esta vez abyayalista, llevó representantes de sesenta comunidades indígenas y desembarcó en la COP30 de una Belém que no se encuentra en Palestina, sino en Pará, mientras Brasil anuncia el inicio de la exploración de petróleo en la desembocadura del río Amazonas. En medio de todo eso, la Luna observa todo e influye en las mareas. Desde la Favela da Maré, en Río de Janeiro, la periodista Gizele Martins, que vive en una calle conocida como Faixa de Gaza, describe los puntos que conectan la guerra en su comunidad con el Estado sionista de Israel: “(...) luchar por la vida palestina es luchar por la vida negra y favelada en Brasil, pues las vidas de allá y de aquí se pierden por el uso de las mismas tecnologías de muerte producidas por las mismas empresas”.
Es 28 de octubre de 2025. El gobierno del estado de Río de Janeiro realiza una operación policial en los complejos de Penha y Alemão, no muy lejos del Sesc Ramos, donde se encuentra en exhibición “Dibujos de Llegada”. En la acción se utilizan vehículos blindados y armamento israelí —Brasil se ha convertido, en los últimos quince años, en uno de los cinco mayores importadores de tecnología militar producida en Israel. Este evento culmina como la mayor masacre policial de la historia de Brasil, con 121 personas asesinadas. Una gigantesca matanza en medio del histórico genocidio continuado del pueblo negro y favelado. Estoy en México. Es el día de San Judas Tadeo, y la iglesia de San Hipólito está repleta de fieles.
Me cuentan que muchas madres, cuyxs hijxs están en el narcotráfico, son devotas de San Judas por sus grandes poderes ante las causas imposibles. Al final de la semana será el Día de lxs Muertxs, y la Ciudad de México desborda de altares y calaveras. Uno de lxs muertxs de esta misma semana es Lô Borges, compositor de Minas Gerais, que escribió: “si muero, no llores, no, es sólo la Luna”. Emilia me escribe diciendo que hemos recibido luz verde para escribir este texto. Entendemos, como en la visión de Francy Baniwa e Idjahure Terena, que el arte es un medio para la continuación de la guerra. Y sabemos que la guerra es permanente —así nos lo recuerda el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Otra memoria de mi viaje a Palestina me visita ahora. Estoy en la galería del segundo piso del Walled-Off Hotel, en Belén, en Cisjordania, frente al laberíntico muro del Apartheid sionista que divide la región. Estoy aquí junto a un grupo de compañerxs, iniciando las investigaciones para la creación de una residencia artística con artistas palestinxs y Huni Kuin, del Acre brasileño. Entre las obras que conozco se encuentra Our Reality, de la pintora palestina Orjwan Nazzal. En ella observamos un mapamundi de tierra negra, superpuesto a un fondo verde bandera liso. En el centro del mapa hay una lupa que amplía el territorio de Palestina. Ese territorio tiene un ojo, que nos mira de vuelta. Imagino ahora que lo mismo deben hacer los cráteres de la Luna, al observar nuestras guerras deshonrosas.
Me encuentro con muchas banderas palestinas en la Ciudad de México: en las calles, en las universidades, en los talleres mecánicos. En la marcha del 2 de octubre, las banderas palestinas son tan o más numerosas que las mexicanas. En Oaxaca, me cruzo con un jaguar morado gigante con las palabras “Oaxaca con Palestina” pintadas en el vientre. Hay un reconocimiento profundo que sólo los pueblos que han visto robadas sus tierras pueden compartir. En la UNAM, el cineasta e investigador Masewal Jesús Flores pregunta: “¿Hasta cuándo seguiremos llamando disputa por territorio a lo que es, en verdad, una lucha por la tierra?”
Ana Clara Simões Lopes me cuenta, en una reunión para escribir este texto, que la Luna no es un espejo. Su influencia trasciende la mera reflexión de la luz del sol. Eso me ayuda a pensar el trabajo de Emilia como una pieza en la construcción de un mundo sin fronteras. Caminamos en la oscuridad porque no alcanzamos a ver las líneas de los mapas, salvo aquellas que nos separan de los océanos. En su texto para la exposición, la curadora escribe que, para la artista, el verbo llegar “se convierte, así, en su rechazo a la lógica de origen y de propiedad”, en dibujos que “no solo desvanecen fronteras, sino que ensayan presencias”. De este modo, la mirada de Emilia se abre también hacia el cielo: una presencia que observa, desde lo alto, un planeta sin líneas trazadas dentro de sus porciones de tierra. Una mirada que confía en las aguas.
Los científicos están desesperados buscando agua en la Luna, que es un desierto como los de Asia Occidental, región que los británicos nombraron Medio Oriente. Quizá sólo con agua la Luna podría ser un espejo. Sin embargo, ¿tendríamos deseo de ver aquello que ella reflejaría? “Escóndeme, la Luna ha llegado / Si al menos nuestro espejo fuera de piedra”, escribe Mahmoud Darwish. Un espejo de piedra sólo refleja lo invisible. El pasaporte de la abuela de Emilia dice muy poco sobre ella.



