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Memorias Insumisas [carta editorial invierno 2026]

Latinoamérica
2026.01.15
Tiempo de lectura: 6 minutos

Este invierno reunimos textos, imágenes y voces que, en lugar de exponerlo todo a la luz, cultivan zonas de sombra, ecos y reverberaciones. Contra las tecnologías de la amnesia, proponemos memorias insumisas: memorias que no reclaman exactitud documental, sino persistencia; que no buscan monumentalizar el pasado, sino mantenerlo vivo y en fuga.

Alguna vez el poeta brasileño Paulo Leminski escribió: “La memoria es muy reciente; hasta ayer, ¿quién recordaba?”. La frase no remite sólo a la fragilidad del recuerdo, sino a las condiciones que lo hacen posible. Recordar no es un acto espontáneo ni individual: ocurre dentro de marcos que autorizan, clasifican y jerarquizan lo que merece ser conservado. Ante  toda evocación hay una instancia de selección —una especie de ley tácita— que decide qué entra en el dominio de lo memorable y bajo qué forma. Así, la memoria no antecede al poder: se constituye con él.  

Desde ese umbral, el olvido deja de ser accidente, casualidad o destino, para revelarse como su contracara. No todo puede guardarse; no todo debe permanecer. Cada gesto de conservación implica una renuncia. Las tecnologías contemporáneas de la amnesia no operan sólo por supresión directa, sino a través del exceso, la saturación y el desplazamiento: borran rostros y nombres al multiplicarlos, manipulan archivos al prometer su disponibilidad total, condicionan modos de percepción al fijar ritmos, formatos y expectativas de lectura. El pasado no desaparece, es administrado. 

Frente a esa economía de la memoria, existen otras formas de persistencia que no responden a la transparencia del archivo ni a la linealidad de la historia. Son memorias que no se producen desde el centro ni aspiran a estabilizarse como relato único. Se transmite en corrientes subterráneas: en la oralidad del encuentro, en el canto que se repite con variaciones, en el chisme que circula sin firma, en el gesto aprendido por la imitación. No avanzan en línea recta; se desvían, se contaminan, reaparecen. Allí donde el archivo aspira a cerrar, lo mantiene abierto; donde la historia silencia, introduce ruido. En lugar de resolver las paradojas de la memoria, las habita. Su fuerza no reside en la exactitud, sino en la capacidad de reaparecer bajo nuevas formas, incluso cuando parecen haber sido borradas. 

Aquí conviene asumir el caos de Édouard Glissant para recordar que la complejidad no necesita ser domesticada para existir; que en la multiplicidad, la contradicción y la interferencia hay modos de relación y de imaginación que no se someten a un orden único. El derecho a la opacidad no es más que la negativa a que el pasado sea reducido a un marco de legibilidad impuesto. En ese sentido, lo que queda fuera del relato dominante no desaparece, se desplaza hacia zonas menos visibles, menos legibles para el poder; se vuelve opaco y fragmentario. 

Precisamente entre lo que no debe olvidarse y lo que no quiere ser capturado, emerge la invención de ficciones, la construcción del lenguaje y los sistemas que organizan el valor de la información. Allí, donde narración y tiempo no coinciden del todo, se configuran relaciones dispares entre memoria e historia, que inciden tanto en los modos de producción y diseminación del pasado como en la capacidad de concebir nuestros futuros.

Entendemos entonces que la ficción no se opone a la verdad, es una de sus estrategias de supervivencia. Canciones, mitos, coreografías y relatos inventan genealogías que no buscan reemplazar el archivo, sino sostener aquello que se le escapó. 

Este invierno reunimos textos, imágenes y voces que, en lugar de exponerlo todo a la luz, cultivan zonas de sombra, ecos y reverberaciones. Contra las tecnologías de la amnesia, proponemos memorias insumisas: memorias que no reclaman exactitud documental, sino persistencia; que no buscan monumentalizar el pasado, sino mantenerlo vivo y en fuga.


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En portada: Archivo Kasa Loka. Veronica Borsani, 2018.

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Alguna vez el poeta brasileño Paulo Leminski escribió: “La memoria es muy reciente; hasta ayer, ¿quién recordaba?”. La frase no remite sólo a la fragilidad del recuerdo, sino a las condiciones que lo hacen posible. Recordar no es un acto espontáneo ni individual: ocurre dentro de marcos que autorizan, clasifican y jerarquizan lo que merece ser conservado. Ante  toda evocación hay una instancia de selección —una especie de ley tácita— que decide qué entra en el dominio de lo memorable y bajo qué forma. Así, la memoria no antecede al poder: se constituye con él.  

Desde ese umbral, el olvido deja de ser accidente, casualidad o destino, para revelarse como su contracara. No todo puede guardarse; no todo debe permanecer. Cada gesto de conservación implica una renuncia. Las tecnologías contemporáneas de la amnesia no operan sólo por supresión directa, sino a través del exceso, la saturación y el desplazamiento: borran rostros y nombres al multiplicarlos, manipulan archivos al prometer su disponibilidad total, condicionan modos de percepción al fijar ritmos, formatos y expectativas de lectura. El pasado no desaparece, es administrado. 

Frente a esa economía de la memoria, existen otras formas de persistencia que no responden a la transparencia del archivo ni a la linealidad de la historia. Son memorias que no se producen desde el centro ni aspiran a estabilizarse como relato único. Se transmite en corrientes subterráneas: en la oralidad del encuentro, en el canto que se repite con variaciones, en el chisme que circula sin firma, en el gesto aprendido por la imitación. No avanzan en línea recta; se desvían, se contaminan, reaparecen. Allí donde el archivo aspira a cerrar, lo mantiene abierto; donde la historia silencia, introduce ruido. En lugar de resolver las paradojas de la memoria, las habita. Su fuerza no reside en la exactitud, sino en la capacidad de reaparecer bajo nuevas formas, incluso cuando parecen haber sido borradas. 

Aquí conviene asumir el caos de Édouard Glissant para recordar que la complejidad no necesita ser domesticada para existir; que en la multiplicidad, la contradicción y la interferencia hay modos de relación y de imaginación que no se someten a un orden único. El derecho a la opacidad no es más que la negativa a que el pasado sea reducido a un marco de legibilidad impuesto. En ese sentido, lo que queda fuera del relato dominante no desaparece, se desplaza hacia zonas menos visibles, menos legibles para el poder; se vuelve opaco y fragmentario. 

Precisamente entre lo que no debe olvidarse y lo que no quiere ser capturado, emerge la invención de ficciones, la construcción del lenguaje y los sistemas que organizan el valor de la información. Allí, donde narración y tiempo no coinciden del todo, se configuran relaciones dispares entre memoria e historia, que inciden tanto en los modos de producción y diseminación del pasado como en la capacidad de concebir nuestros futuros.

Entendemos entonces que la ficción no se opone a la verdad, es una de sus estrategias de supervivencia. Canciones, mitos, coreografías y relatos inventan genealogías que no buscan reemplazar el archivo, sino sostener aquello que se le escapó. 

Este invierno reunimos textos, imágenes y voces que, en lugar de exponerlo todo a la luz, cultivan zonas de sombra, ecos y reverberaciones. Contra las tecnologías de la amnesia, proponemos memorias insumisas: memorias que no reclaman exactitud documental, sino persistencia; que no buscan monumentalizar el pasado, sino mantenerlo vivo y en fuga.


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En portada: Archivo Kasa Loka. Veronica Borsani, 2018.