La experiencia colonial del sujeto es el tema central de la región donde dicha figura no es únicamente histórica sino también actual, debido a la permanencia de la dependencia no sólo como estructura de poder vigente, sino desde la colonialidad latente en la subjetividad y los imaginarios, más allá de lo que podríamos nombrar como independencias —ganadas u otorgadas. Así, la dimensión subversiva de los discursos resulta esencial, tanto en su carácter procesual como proyectivo. Su alcance abarca diversas zonas del universo reflexivo, anclando a las islas del Caribe en una problemática común con la tierra continental latinoamericana, sin por ello negar sus particulares diversidades. Repensarnos culturalmente desde estas nuevas posturas críticas implica, en consecuencia, una toma de posición emancipatoria que resuena en múltiples esferas: lo espiritual, los saberes ancestrales y las memorias, tanto individuales como colectivas.
La historia moderna y la empresa colonial constituyen la base que aún sostiene los imaginarios caribeños contemporáneos. Aunque los colonialismos inglés, francés, hispano o neerlandés no se cimentaron sobre formas económicas y sociales idénticas, todos instauraron una modernidad contradictoria: regida por los patrones de valor de la Europa occidental y estructurada por la esclavitud como forma de organización social y económica fundamental. Comprender esos procesos en su intrínseca interrelación con otros mecanismos de dominación —en particular, los culturales—, y adoptar un posicionamiento crítico como antídoto contra la reproducción acrítica de la estética enfática aprendida del universo euroccidental, revela la naturaleza multidimensional del problema. Para lxs artistas contemporánexs superarlo exige, ante todo, un cambio radical de perspectiva y actitud.
Autores fundacionales del pensamiento caribeño, como George Lamming, Édouard Glissant y Kamau Brathwaite han situado el conflicto lingüístico en el centro de la constitución del sujeto caribeño. En sus obras, las tensiones entre la oralidad y la escritura develan el dilema conceptual del lenguaje, erigiendo la interpelación y el discurso como problemas nodales de la condición subalterna. Esto nos conduce a una pregunta urgente para las prácticas visuales contemporáneas: ¿se producen en ellas procesos análogos a los de la lengua, considerando el carácter pretendidamente “universal” de lo visual, su simulacro de neutralidad y la ilusión de una interpretación que trasciende la traducción?
Proponer una genealogía de la imagen artística en el Caribe resulta hoy imprescindible. Este archipiélago fue imaginado desde el mismo momento en que sus múltiples islas irrumpieron en las crónicas de los primeros “descubridores” y conquistadores: aquellas descripciones dieron origen a las primeras ilustraciones —dibujos y grabados— que acompañaron los textos. La escritura y la cartografía erigieron así imaginarios genésicos sobre este lugar primigenio del continente americano, territorio ignoto para Europa y el mundo occidental, cuyas representaciones escritas fueron investidas de un alto valor de credibilidad. A través de la imprenta, se diseminaron tanto lo figurado como lo representado —imágenes encargadas de ilustrar esos relatos—, cargadas ambas de una fuerte pregnancia simbólica heredada de las tradiciones grecolatina y cristiana.
Las razones de esta urgencia exceden el ámbito de lo artístico para internarse en las capas más profundas del universo antropológico y cultural de la región. Resulta imposible comprender la matriz cultural del Caribe sin considerar el aporte fundamental de las múltiples imágenes que, acumuladas a lo largo del tiempo, han ofrecido una visión del pasado indispensable para el presente; pero también —y sobre todo— sin aquellas que fueron ocultadas, devaluadas o demonizadas por las coyunturas históricas que atravesaron la región, y por la dimensión hegemónica de los poderes instaurados.
En el Caribe, donde a lo largo de más de cinco siglos el mundo se reunió, también se congregaron sus imágenes. No como existencias paralelas dentro de un marco de respeto a la diversidad, sino en un escenario de imposiciones y restricciones del que tampoco escapó el lenguaje de los símbolos visuales. Resultaría difícil comprender la constitución del imaginario artístico contemporáneo de la región sin atender a las marcas históricas de la confluencia de pueblos bajo condiciones de profunda estratificación social, así como a las confrontaciones interétnicas y socioculturales inscritas en los rígidos marcos de racialización social que implicaron la esclavitud y la colonización.
El ambiente fue propicio también para cruces más o menos solapados, más o menos encubiertos. Con ellos, las imágenes persistieron, mutaron y se travistieron. En ese proceso histórico de exclusiones y superposiciones subyace —con una fuerza extrema— una historia de las imágenes que alberga claves esenciales para el conocimiento de la matriz cultural caribeña.
Son muchas las posibles vías para revelar esos procesos. Valgan quizá dos, de particular envergadura: las que se manifiestan en la obra de Wifredo Lam y en el hacer de lxs artistas populares de Haití, a partir de la década de 1940. En ambos casos, se produjeron visualmente muy diversos travestismos —desde las influencias vanguardistas europeas y el surrealismo, hasta las propias del contexto—, con una sensible presencia de lo autóctono y de las religiosidades populares de origen africano.
Para el imaginario artístico del Caribe contemporáneo, ese entramado de imágenes debía nutrir y poner en discusión los fundamentos de un pensamiento visual propio. En ese gesto, la mirada de lx observadorx adquiría centralidad. Pero, ¿quién era esx observadorx? La pregunta no es menor: este ha sido un aspecto raigal de la cuestión. Resulta fundamental, entonces, la validación cultural de aquello que la imagen y el Caribe significaban para ese nuevx observadorx. También lo que implicaba para ellx la construcción de un sistema de valores capaz de dialogar y discrepar con lo ajeno para integrarlo a lo propio, y de reconocer en lo propio aquello que, en apariencia, le resulta ajeno. Mirar desde adentro, sin prejuicios, para hacer aflorar las memorias de una cultura y emanciparla de las imposiciones venidas “de fuera”, constituía un desafío doblemente complejo, pues casi toda había llegado de algún lugar en una región del mundo marcada por la condición predominante inmigrante de sus pobladorxs y por la cultura de importación.
Sigue leyendo este ensayo en nuestro reader II de nuestra residencia el cantar del caos mundo: comenzar el desvío, pronto en librerías.
La experiencia colonial del sujeto es el tema central de la región donde dicha figura no es únicamente histórica sino también actual, debido a la permanencia de la dependencia no sólo como estructura de poder vigente, sino desde la colonialidad latente en la subjetividad y los imaginarios, más allá de lo que podríamos nombrar como independencias —ganadas u otorgadas. Así, la dimensión subversiva de los discursos resulta esencial, tanto en su carácter procesual como proyectivo. Su alcance abarca diversas zonas del universo reflexivo, anclando a las islas del Caribe en una problemática común con la tierra continental latinoamericana, sin por ello negar sus particulares diversidades. Repensarnos culturalmente desde estas nuevas posturas críticas implica, en consecuencia, una toma de posición emancipatoria que resuena en múltiples esferas: lo espiritual, los saberes ancestrales y las memorias, tanto individuales como colectivas.
La historia moderna y la empresa colonial constituyen la base que aún sostiene los imaginarios caribeños contemporáneos. Aunque los colonialismos inglés, francés, hispano o neerlandés no se cimentaron sobre formas económicas y sociales idénticas, todos instauraron una modernidad contradictoria: regida por los patrones de valor de la Europa occidental y estructurada por la esclavitud como forma de organización social y económica fundamental. Comprender esos procesos en su intrínseca interrelación con otros mecanismos de dominación —en particular, los culturales—, y adoptar un posicionamiento crítico como antídoto contra la reproducción acrítica de la estética enfática aprendida del universo euroccidental, revela la naturaleza multidimensional del problema. Para lxs artistas contemporánexs superarlo exige, ante todo, un cambio radical de perspectiva y actitud.
Autores fundacionales del pensamiento caribeño, como George Lamming, Édouard Glissant y Kamau Brathwaite han situado el conflicto lingüístico en el centro de la constitución del sujeto caribeño. En sus obras, las tensiones entre la oralidad y la escritura develan el dilema conceptual del lenguaje, erigiendo la interpelación y el discurso como problemas nodales de la condición subalterna. Esto nos conduce a una pregunta urgente para las prácticas visuales contemporáneas: ¿se producen en ellas procesos análogos a los de la lengua, considerando el carácter pretendidamente “universal” de lo visual, su simulacro de neutralidad y la ilusión de una interpretación que trasciende la traducción?
Proponer una genealogía de la imagen artística en el Caribe resulta hoy imprescindible. Este archipiélago fue imaginado desde el mismo momento en que sus múltiples islas irrumpieron en las crónicas de los primeros “descubridores” y conquistadores: aquellas descripciones dieron origen a las primeras ilustraciones —dibujos y grabados— que acompañaron los textos. La escritura y la cartografía erigieron así imaginarios genésicos sobre este lugar primigenio del continente americano, territorio ignoto para Europa y el mundo occidental, cuyas representaciones escritas fueron investidas de un alto valor de credibilidad. A través de la imprenta, se diseminaron tanto lo figurado como lo representado —imágenes encargadas de ilustrar esos relatos—, cargadas ambas de una fuerte pregnancia simbólica heredada de las tradiciones grecolatina y cristiana.
Las razones de esta urgencia exceden el ámbito de lo artístico para internarse en las capas más profundas del universo antropológico y cultural de la región. Resulta imposible comprender la matriz cultural del Caribe sin considerar el aporte fundamental de las múltiples imágenes que, acumuladas a lo largo del tiempo, han ofrecido una visión del pasado indispensable para el presente; pero también —y sobre todo— sin aquellas que fueron ocultadas, devaluadas o demonizadas por las coyunturas históricas que atravesaron la región, y por la dimensión hegemónica de los poderes instaurados.
En el Caribe, donde a lo largo de más de cinco siglos el mundo se reunió, también se congregaron sus imágenes. No como existencias paralelas dentro de un marco de respeto a la diversidad, sino en un escenario de imposiciones y restricciones del que tampoco escapó el lenguaje de los símbolos visuales. Resultaría difícil comprender la constitución del imaginario artístico contemporáneo de la región sin atender a las marcas históricas de la confluencia de pueblos bajo condiciones de profunda estratificación social, así como a las confrontaciones interétnicas y socioculturales inscritas en los rígidos marcos de racialización social que implicaron la esclavitud y la colonización.
El ambiente fue propicio también para cruces más o menos solapados, más o menos encubiertos. Con ellos, las imágenes persistieron, mutaron y se travistieron. En ese proceso histórico de exclusiones y superposiciones subyace —con una fuerza extrema— una historia de las imágenes que alberga claves esenciales para el conocimiento de la matriz cultural caribeña.
Son muchas las posibles vías para revelar esos procesos. Valgan quizá dos, de particular envergadura: las que se manifiestan en la obra de Wifredo Lam y en el hacer de lxs artistas populares de Haití, a partir de la década de 1940. En ambos casos, se produjeron visualmente muy diversos travestismos —desde las influencias vanguardistas europeas y el surrealismo, hasta las propias del contexto—, con una sensible presencia de lo autóctono y de las religiosidades populares de origen africano.
Para el imaginario artístico del Caribe contemporáneo, ese entramado de imágenes debía nutrir y poner en discusión los fundamentos de un pensamiento visual propio. En ese gesto, la mirada de lx observadorx adquiría centralidad. Pero, ¿quién era esx observadorx? La pregunta no es menor: este ha sido un aspecto raigal de la cuestión. Resulta fundamental, entonces, la validación cultural de aquello que la imagen y el Caribe significaban para ese nuevx observadorx. También lo que implicaba para ellx la construcción de un sistema de valores capaz de dialogar y discrepar con lo ajeno para integrarlo a lo propio, y de reconocer en lo propio aquello que, en apariencia, le resulta ajeno. Mirar desde adentro, sin prejuicios, para hacer aflorar las memorias de una cultura y emanciparla de las imposiciones venidas “de fuera”, constituía un desafío doblemente complejo, pues casi toda había llegado de algún lugar en una región del mundo marcada por la condición predominante inmigrante de sus pobladorxs y por la cultura de importación.
Sigue leyendo este ensayo en nuestro reader II de nuestra residencia el cantar del caos mundo: comenzar el desvío, pronto en librerías.