La pensadora y pedagoga argenntina val flores nos invita a pensar sobre las formas que ocupa el riesgo de la memoria, ¿qué riesgo es ese en el que la autora nos invita a poner atención? Este es el segundo articulo de "memorias insumisas".
…la belleza surge cuando en el texto se rompe una regla, ya sea gramatical, sintáctica o conceptual. Es esa irrupción inesperada de algo que subvierte el sentido común lo que nos sobresalta y conmueve
María Negroni
La vida es un riesgo inconsiderado que nosotrxs, lxs vivxs, corremos
Anne Dufourmantelle
¿Arriesgar la lengua? ¿Qué significa correr/tomar un riesgo?¿Si cada palabra es una prueba, cada palabra es un riesgo? ¿Qué relación hay entre vulnerabilidad y riesgo en nuestra escritura? ¿Volverse vulnerable es un riesgo en la creación? ¿El riesgo nos vulnerabiliza? ¿Cómo erotizamos el riesgo de la experimentación escritural? ¿Con qué operaciones visuales, textuales, sensibles, hápticas, se pegotea el riesgo? ¿Cómo las experiencias poéticas y creativas son prácticas de riesgo? ¿Qué relación establecemos con el daño, el error, la incomodidad, el malestar, la contingencia, la indeterminación, la fragilidad, en nuestros proyectos creativos? ¿Cómo una investigación o creación pone nuestra lengua en riesgo? ¿Cómo hacer de cada palabra una experiencia del riesgo que perturbe las relaciones obligatorias que construyen la realidad consensual?
Estas son las preguntas que reclutan mi atención por estos días, que tocan la fibra sensible del pulso de mi escritura. Días de derrumbes imaginativos y destrucción de vidas, de genocidios a pantalla abierta y de fríos que esculpen el desasosiego en los huesos. ¿Por qué preguntarse por el riesgo en la lengua en este momento donde pareciera que toda nuestra existencia está acechada por el peligro ante los embates fascistas? Tal vez porque son los momentos más difíciles los que exigen las preguntas más atrevidas y espinosas.
Pienso en el riesgo frente a tanta higienización de la experiencia, la expurgación de cualquier malestar, la evitación del dolor, la protocolización del misterio, la erradicación de la incertidumbre. Una propedéutica sensible del consenso como confiscación del riesgo y el desacato.
Arriesgar lo obvio, es el reto que Eve K. Sedgwick asume desde el pensamiento queer. Desnaturalizar eso que se nos presenta como dado, cuestionar eso que aparece como evidente, poner en entredicho lo establecido.
¿Cómo no ser cómplices de lo obvio en nuestras escrituras?
El riesgo como prisma para discernir los placeres y la ética del encuentro con lo desconocido, apunta Kathryn Bond Stockton.
¿Y si la escritura es el lugar de la discrepancia con lo conocido?
El riesgo y su polisemia espectral es donde se conjugan, aunque no siempre en dosis proporcionadas, el peligro y la aventura, el daño potencial y el juego, la amenaza y el arrojo. El riesgo como la brújula de una relación sensata con la contingencia y la intuición.
¿Dónde ensayar una escritura que no se deja domesticar por las terapias de la claridad, la celebración de la transparencia y el imperativo del entendimiento?
La escritura es un campo de experimentación de los (im)posibles. La escritura no viene a comunicar, ni representar, ni reflejar, ni ilustrar. La escritura no es el lugar del encuentro, es el lugar donde nos extraviamos. La escritura es ese territorio indócil de invención y de poder donde ponemos a prueba nuestra materia con la que (des)hacemos el mundo: las palabras y su capacidad para (no) hacer existir. La escritura es una práctica material que (des)hace los cuerpos como inventarios del deseo. La escritura es un método imaginativo para confabular un desvío del uso instrumental de la lengua. La escritura es un gesto de apertura a la intemperie, que la experiencia poética reclama para resistir los intentos de domesticación de la lengua, desde la que se busca fijar, de una vez, las ataduras entre significante y significado. La escritura es esa alquimia entre piel, signo, sangre y hambre, que subvierte la ficción de lo real y sus pactos de conformidad con un corazón almidonado en la certidumbre. La escritura es una práctica del tacto que busca la excitación sináptica y la irradiación polimorfa. La escritura es ese juego perverso del que no salimos indemnes al probar la magnitud indefinida de las palabras y su economía del asombro.
Escribir como un hacer pensamiento a la intemperie. Una práctica de la intemperie, que busca herir la protección de las lógicas institucionales para abrir otras vías de la imaginación. Una práctica de la intemperie que hace del riesgo de no saber a dónde va su mayor excitación. Una práctica de la intemperie como una poética de la desobediencia a la sociabilidad del consenso.
Susana Thénon exhortaba a entregar el lenguaje emputecido y refinado y llano y complicado y comprensible e incomprensible, para herir los pactos del pensamiento y sacudir el confort ontológico y utilitario de una lengua hegemónica que teme a la intemperie de la inadecuación. Una apuesta que sabe del gesto lento y sinuoso de construir una comunidad de lectorxs desde las artes de la opacidad y la despertenencia del espíritu mayoritario ante tanta transparencia exigida y aplaudida. Lanzarse a liberar a la lengua de la obligación didáctica de la explicación, para desgobernar la sensibilidad de una comunidad lectora que se hace a la altura de la carne de las palabras, cuando la lectura exige la pausa del enigma insoluble, el detenimiento de la desorientación, la ralentización de la progresión de legibilidad sin dificultad, el trabajo contra el propio tiempo.
Si obedecer es ingresar en una gramática de una lengua, ¿qué arriesgamos en cada escritura? La subversividad es el tipo de efecto que se resiste al cálculo, nos dice Judith Butler. Algo es potencialmente subversivo cuando su lectura o su entendimiento se hacen imposibles. Las prácticas subversivas abruman la capacidad de leer, desafían las convenciones sobre la lectura, y demandan nuevas posibilidades. En lugar de ser un contraconocimiento fácilmente identificable, la subversividad reside en el momento mismo de la ininteligibilidad, o en la ausencia de conocimiento. ¿Qué arriesgamos en cada escucha?
Por eso la escritura se arma como una maniobra escapista de los pactos burocráticos comunicacionales con sus requisitos de expurgación del habla de toda sombra, paradoja y desconcierto, buscando así una legibilidad algorítmica.
Esta convulsión cardíaca que imanta mis palabras es apenas la resaca de una obsesión sexy por la lengua indómita y una devoción lasciva por boicotear las fuerzas de la normalidad.
Si las palabras son chispas, como sugiere la poeta Susan Howe, podemos arriesgar que el disturbio escritural no es inofensivo.

…la belleza surge cuando en el texto se rompe una regla, ya sea gramatical, sintáctica o conceptual. Es esa irrupción inesperada de algo que subvierte el sentido común lo que nos sobresalta y conmueve
María Negroni
La vida es un riesgo inconsiderado que nosotrxs, lxs vivxs, corremos
Anne Dufourmantelle
¿Arriesgar la lengua? ¿Qué significa correr/tomar un riesgo?¿Si cada palabra es una prueba, cada palabra es un riesgo? ¿Qué relación hay entre vulnerabilidad y riesgo en nuestra escritura? ¿Volverse vulnerable es un riesgo en la creación? ¿El riesgo nos vulnerabiliza? ¿Cómo erotizamos el riesgo de la experimentación escritural? ¿Con qué operaciones visuales, textuales, sensibles, hápticas, se pegotea el riesgo? ¿Cómo las experiencias poéticas y creativas son prácticas de riesgo? ¿Qué relación establecemos con el daño, el error, la incomodidad, el malestar, la contingencia, la indeterminación, la fragilidad, en nuestros proyectos creativos? ¿Cómo una investigación o creación pone nuestra lengua en riesgo? ¿Cómo hacer de cada palabra una experiencia del riesgo que perturbe las relaciones obligatorias que construyen la realidad consensual?
Estas son las preguntas que reclutan mi atención por estos días, que tocan la fibra sensible del pulso de mi escritura. Días de derrumbes imaginativos y destrucción de vidas, de genocidios a pantalla abierta y de fríos que esculpen el desasosiego en los huesos. ¿Por qué preguntarse por el riesgo en la lengua en este momento donde pareciera que toda nuestra existencia está acechada por el peligro ante los embates fascistas? Tal vez porque son los momentos más difíciles los que exigen las preguntas más atrevidas y espinosas.
Pienso en el riesgo frente a tanta higienización de la experiencia, la expurgación de cualquier malestar, la evitación del dolor, la protocolización del misterio, la erradicación de la incertidumbre. Una propedéutica sensible del consenso como confiscación del riesgo y el desacato.
Arriesgar lo obvio, es el reto que Eve K. Sedgwick asume desde el pensamiento queer. Desnaturalizar eso que se nos presenta como dado, cuestionar eso que aparece como evidente, poner en entredicho lo establecido.
¿Cómo no ser cómplices de lo obvio en nuestras escrituras?
El riesgo como prisma para discernir los placeres y la ética del encuentro con lo desconocido, apunta Kathryn Bond Stockton.
¿Y si la escritura es el lugar de la discrepancia con lo conocido?
El riesgo y su polisemia espectral es donde se conjugan, aunque no siempre en dosis proporcionadas, el peligro y la aventura, el daño potencial y el juego, la amenaza y el arrojo. El riesgo como la brújula de una relación sensata con la contingencia y la intuición.
¿Dónde ensayar una escritura que no se deja domesticar por las terapias de la claridad, la celebración de la transparencia y el imperativo del entendimiento?
La escritura es un campo de experimentación de los (im)posibles. La escritura no viene a comunicar, ni representar, ni reflejar, ni ilustrar. La escritura no es el lugar del encuentro, es el lugar donde nos extraviamos. La escritura es ese territorio indócil de invención y de poder donde ponemos a prueba nuestra materia con la que (des)hacemos el mundo: las palabras y su capacidad para (no) hacer existir. La escritura es una práctica material que (des)hace los cuerpos como inventarios del deseo. La escritura es un método imaginativo para confabular un desvío del uso instrumental de la lengua. La escritura es un gesto de apertura a la intemperie, que la experiencia poética reclama para resistir los intentos de domesticación de la lengua, desde la que se busca fijar, de una vez, las ataduras entre significante y significado. La escritura es esa alquimia entre piel, signo, sangre y hambre, que subvierte la ficción de lo real y sus pactos de conformidad con un corazón almidonado en la certidumbre. La escritura es una práctica del tacto que busca la excitación sináptica y la irradiación polimorfa. La escritura es ese juego perverso del que no salimos indemnes al probar la magnitud indefinida de las palabras y su economía del asombro.
Escribir como un hacer pensamiento a la intemperie. Una práctica de la intemperie, que busca herir la protección de las lógicas institucionales para abrir otras vías de la imaginación. Una práctica de la intemperie que hace del riesgo de no saber a dónde va su mayor excitación. Una práctica de la intemperie como una poética de la desobediencia a la sociabilidad del consenso.
Susana Thénon exhortaba a entregar el lenguaje emputecido y refinado y llano y complicado y comprensible e incomprensible, para herir los pactos del pensamiento y sacudir el confort ontológico y utilitario de una lengua hegemónica que teme a la intemperie de la inadecuación. Una apuesta que sabe del gesto lento y sinuoso de construir una comunidad de lectorxs desde las artes de la opacidad y la despertenencia del espíritu mayoritario ante tanta transparencia exigida y aplaudida. Lanzarse a liberar a la lengua de la obligación didáctica de la explicación, para desgobernar la sensibilidad de una comunidad lectora que se hace a la altura de la carne de las palabras, cuando la lectura exige la pausa del enigma insoluble, el detenimiento de la desorientación, la ralentización de la progresión de legibilidad sin dificultad, el trabajo contra el propio tiempo.
Si obedecer es ingresar en una gramática de una lengua, ¿qué arriesgamos en cada escritura? La subversividad es el tipo de efecto que se resiste al cálculo, nos dice Judith Butler. Algo es potencialmente subversivo cuando su lectura o su entendimiento se hacen imposibles. Las prácticas subversivas abruman la capacidad de leer, desafían las convenciones sobre la lectura, y demandan nuevas posibilidades. En lugar de ser un contraconocimiento fácilmente identificable, la subversividad reside en el momento mismo de la ininteligibilidad, o en la ausencia de conocimiento. ¿Qué arriesgamos en cada escucha?
Por eso la escritura se arma como una maniobra escapista de los pactos burocráticos comunicacionales con sus requisitos de expurgación del habla de toda sombra, paradoja y desconcierto, buscando así una legibilidad algorítmica.
Esta convulsión cardíaca que imanta mis palabras es apenas la resaca de una obsesión sexy por la lengua indómita y una devoción lasciva por boicotear las fuerzas de la normalidad.
Si las palabras son chispas, como sugiere la poeta Susan Howe, podemos arriesgar que el disturbio escritural no es inofensivo.